Lucha Gay

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Estados Unidos, el (supuesto) país de la igualdad, discrimina en contra de millones de sus propios ciudadanos. No los trata como iguales. Hay al menos 9 millones de personas que se identifican como gays, lesbianas, bisexuales o transgénero –según el Williams Institute de UCLA- que no tienen los mismos derechos que los otros 300 millones de norteamericanos.

Los gays no se pueden casar en matrimonios reconocidos a nivel nacional. Y, al no poder hacerlo, tienen enormes dificultades, desde conseguir un seguro médico y heredar a su pareja hasta recibir ciertos servicios sociales y acceso a organizaciones. A esto, desde luego, hay que sumar los múltiples prejuicios que sufren por el simple hecho de ser lo que son.

Así como ahora parecería ridícula la prohibición de casarse a personas de razas distintas, estoy seguro que así veremos en el futuro el actual rechazo legal a los matrimonios gay. Actualmente hay casi 5 millones de parejas interraciales, es decir, un 4.8 por ciento de la población según el Pew Research Center. Pero antes de 1967 estaba prohibido.

Lo mismo ocurrirá con el matrimonio gay. Estados Unidos ya no se atreve a discriminar oficialmente a nadie por su color de piel o religión. Pero, en cambio, sí hay una flagrante discriminación oficial por orientación sexual.

La Corte Suprema de Justicia de Estados Unidos tiene la monumental tarea de decidir en el verano si las parejas del mismo sexo tienen el derecho constitucional de casarse. En concreto, dirán si la llamada Proposición 8 –que prohibió en California el derecho a casarse- se sostiene o no. Su decisión tendrá que ir más allá de California y de los nueve estados que permiten el matrimonio homosexual. Lo que 9 jueces digan será ley en los 50 estados del país.

Las consecuencias son enormes. Piensen, por ejemplo, en los 40 mil niños adoptados o concebidos por parejas homosexuales en California y los cientos de miles en todo Estados Unidos. Esos niños norteamericanos tienen el derecho, al igual que cualquier otro, de vivir en familias reconocidas y protegidas por el estado. Pero por ahora esos niños están en franca desventaja frente a sus compañeros de escuela. Eso no debe ser así.

Escucho a muchos decir que dios es el responsable de la prohibición de los matrimonios gay, ya que él (¿o ella?) así lo quería al crear a hombres y mujeres. Pero ya que nadie tiene grabada la voz de dios, no sé de dónde sacan que su intención era discriminar a los homosexuales. Esas son, simplemente, prejuiciadas interpretaciones de hombres y mujeres, no de dios. Es lo que pasa cuando una mayoría (heterosexual) impone sus preferencias a una minoría (homosexual).

No deja de sorprenderme el interés de tantos por meterse en la cama de los otros. Todo sería más fácil si dejáramos que cada quien llevara la vida que quisiera. El 3.8 por ciento de la población se identifica como homosexual, bisexual, lesbiana o transexual y no tenemos ningún derecho a obligarlos a vivir de una manera distinta.

La lucha gay es nuestra lucha, también, porque busca la igualdad que nos prometió en 1776 la declaración de independencia de Estados Unidos. “Todos los hombres son creados iguales”, dice textualmente esa declaración. No dice, en ningún lado, que todos somos iguales menos los homosexuales.

La idea de igualdad es poderosísima y fortalece a los estados que la buscan. Los esclavos que eran liberados en el imperio romano podían obtener todos los derechos de sus ciudadanos. En Estados Unidos, en 1865, una enmienda constitucional prohibió la esclavitud y 143 años después los norteamericanos escogieron a su primer presidente afroamericano. En 1986 tres millones de indocumentados fueron beneficiados por una amnistía y hoy muchos de ellos son ciudadanos estadounidenses. Y lo mismo ocurrirá con los gays y el matrimonio. Esa es mi convicción y mi deseo.

La lucha gay es un asunto de derechos civiles, ni más ni menos. Así como se derrotó la esclavitud y la segregación racial en Estados Unidos hace décadas, así también se derrocarán las actuales leyes que discriminan abiertamente contra los homosexuales.

Todos somos iguales. Ese es el principio rector de cualquier país civilizado, tolerante, abierto y diverso. Y si los gays se quieren casar, pues que se casen y punto.

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