Destetémonos de Venezuela

Maria Isabel Rueda

Maria Isabel Rueda

El Presidente reconoce que el Gobierno y sus Fuerzas Armadas saben “más o menos” dónde está ‘Timochenko’. Creo que todos los colombianos también sabemos, desde hace rato, “más o menos” dónde está el jefe de las Farc. Pero sí resulta noticia que el Presidente admita que mientras dio la orden de atacar a ‘Alfonso Cano’ en noviembre del 2011, hoy tendría dudas de hacer lo mismo con ‘Timochenko’, según él, “porque las condiciones son distintas”.

¿En que podrían ser distintas? Cuando dieron de baja a ‘Cano’, ya estaban avanzados los contactos de exploración de la paz. Pero aún era muy temprano para tener la seguridad de que las Farc no estaban mamando gallo. Hoy, en cambio, existe la sensación de que por importantes o delicados que sean los obstáculos que quedan por delante, el proceso ha ingresado a una etapa de madurez signada, creo que ya, por el destino de la irreversibilidad.

A veces parecería que esto lo entiende mejor el Gobierno que las Farc, que con tanta frecuencia ponen al Presidente en aprietos con la opinión a punta de asesinar policías, emboscar soldados, atacar civiles y volar oleoductos. Todo eso lo justifican desde La Habana sus obesos dirigentes bajo la premisa de que aquí no se ha firmado ningún cese unilateral del fuego y que por lo tanto la guerra sigue “ventiada”, donde se pueda.

No creo que Andrés Pastrana se equivoque cuando interpreta que si Santos dice que pensaría dos veces antes de atacar a ‘Timochenko’, es porque el Gobierno está practicando un cese unilateral del fuego –añado yo, no oficial–, y me parece hasta lógico, cuando a juicio del Presidente las circunstancias lo permitan o lo aconsejen. Se trata de ese tipo de actos de confianza que apalancan los procesos de paz cuando han avanzado hasta un punto de no retorno, como podría ser este.

De ser cierto lo anterior, quisiera plantear entonces que ha llegado la hora de destetarnos de Venezuela y del chavismo.

Colombia, su Gobierno y su diplomacia llevan dos años actuando signados por el miedo de que Maduro se nos “emberraque” por cualquier cosa que hagamos o no hagamos, y que nos desbarate la mesa de La Habana. Y debido a eso hemos sometido a nuestra dignidad republicana y democrática a humillaciones inauditas. Sin necesidad de declararle la guerra al régimen tirano de Venezuela, sí podríamos estar liderando una cosa algo más seria para ayudar a la oprimida oposición de ese país. A esa oposición a la que la canciller Holguín, actuando como mediadora (aunque parezca más una negociadora del equipo de Maduro), llama “los extremistas”: gente que sale a la calle a protestar porque les barrieron cualquier vestigio de nivel de vida a los venezolanos.

En resumen, cómo me gustaría que Colombia recuperara la soberanía de su proceso de paz. Que podamos exhortar a las Farc a hacer sus correspondientes gestos de paz, su cese unilateral no oficial de hostigamientos contra la infraestructura del país y las vidas de nuestros civiles, soldados y policías.

Venezuela no puede seguir siendo el lugar donde “más o menos” sabemos que está escondido ‘Timochenko’. Ni el régimen de Maduro seguir dando por descontado que Colombia, por el chantaje de la paz, no le exigirá más que tibios diálogos con la oposición. Que no nos atreveremos a pedirle que libere a sus presos políticos, ni que deje de perseguir a los “extremistas” opositores como Leopoldo López, hoy preso del régimen, o a María Corina Machado, despojada de su curul parlamentaria por el mismo.

Llegó la hora, en fin, de que el proceso de paz del gobierno colombiano con las Farc vuele solo, sin dueños ajenos ni manos intrusas. En pocas palabras, un proceso que, por estar maduro, ya no le teme a Maduro.

Entre tanto… Esta columna tomará vacaciones, para leerme en paz los últimos libros de Juan Esteban Constaín, El hombre que no fue jueves, y de Ricardo Silva, El libro de la envidia.

María Isabel Rueda

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