Verdades impopulares

Periodista Colombiano Daniel Coronel

Periodista Colombiano Daniel Coronel

Los procesos de paz no son carreras de velocidad, son pruebas de resistencia. Desde 1980 hasta hoy han prosperado 11 procesos de paz en el mundo. Ninguno de ellos fue resuelto de manera relámpago y en ningún caso existía confianza en la buena fe de las contrapartes al comenzar la negociación.

El largo camino de construcción de los acuerdos partió siempre de la desconfianza recíproca entre los negociadores y el escepticismo de una buena parte de la sociedad.

Firmar el acuerdo de paz en Irlanda del Norte tomó 21 años, en El Salvador fueron 10, 11 en Guatemala, 14 en Angola, cinco en Sudáfrica y cuatro en Nepal.

En todos esos países había una parte de la población que quería buscar la paz de manera negociada y otra parte que pensaba que la única forma de lograrla era persistir –exclusivamente– en la salida militar. Esto no ocurría únicamente entre la población civil sino en sectores de las organizaciones irregulares que protagonizaban el conflicto.

Dicho de otra manera, en los procesos de paz surgen sectores guerreristas en uno y otro lado. Es lo normal. En ningún país ha sucedido de otra manera.

La negociación no significa legitimar a la contraparte.

La paz se hace con la gente con la que un grupo social no está de acuerdo, no respeta y ocasionalmente odia. Con los demás no hay necesidad de hacer la paz porque tampoco hay necesidad de ir a la guerra. Con ellos se puede solucionar los eventuales conflictos de manera pacífica.

El gobierno británico no avalaba la legitimidad de los sangrientos atentados del llamado Ejército Republicano Irlandés (IRA). Tampoco estaba el Reino Unido vencido militarmente al iniciar un proceso de paz con un grupo que había sido declarado –nacional e internacionalmente– como terrorista.

Lo que hace Gran Bretaña es abrir un canal de comunicación con esos terroristas para buscar el trámite pacífico de las diferencias. Pasaron varios años, varios gobiernos, además de varios ceses al fuego –algunos de ellos rotos– antes de que en abril de 1998 se firmara el acuerdo de paz de Viernes Santo.

Solo tres años después de la firma, en 2001, el IRA anunció que iniciaba su desarme y apenas en 2005 renunció públicamente a la lucha armada.

El cese al fuego es el primer paso en la construcción de una paz duradera.

Todos los procesos de paz que se han iniciado en medio de las hostilidades ganan credibilidad cuando derivan en periodos de tregua. Esos ceses al fuego son la prueba de que es posible vivir sin dispararse y de que las partes pueden honrar su palabra.

En Sierra Leona, Angola, Burundi y Guatemala, las treguas unilaterales y limitadas antecedieron a ceses al fuego y hostilidades bilaterales y definitivos.

Las partes tienen que aprender a lidiar con eventuales incumplimientos al cese al fuego impulsados por los miembros más radicales de cada lado. Por eso es necesario que exista un mecanismo imparcial de verificación.

Los procesos de paz suponen una dosis de impunidad.

La frase efectista “paz sin impunidad” siempre arrancará aplausos en la galería pero es absolutamente impracticable. El asunto no es si hay o no hay impunidad en un proceso de paz, sino cuánta es tolerable para la sociedad.

Las amnistías generales que existieron en una época han dado paso a fórmulas de justicia transicional y restaurativa. Es necesario que los crímenes cometidos durante el conflicto se reconozcan, se impartan condenas, se pida perdón a las víctimas y sean reparadas por sus victimarios.

Este es uno de los puntos de llegada de un proceso de paz, no un punto de partida.

Es inútil esperar que un victimario reconozca sus delitos antes de la terminación del proceso. Eso deslegitimaría su causa antes de culminar la negociación. Esa es una lección que le dejó al mundo el proceso sudafricano.

El arzobispo Desmond Tutu pronunció una frase contundente: “Sin perdón no hay futuro, pero sin confesión no puede haber perdón”.

El resultado de un proceso de paz –la mayoría de las veces– es incompleto e imperfecto pero siempre será mejor que la guerra.

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Nueva York. ¿Por qué hablamos con Hillary Clinton? ¿Por qué esa obsesión con todo lo que hace y dice?

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Por una sencilla razón. Porque en el 2016 podría convertirse en la primera presidenta de Estados Unidos. Por eso.

Su libro, Hard Choices (publicado como Decisiones Dificiles en español) se convirtió inmediatamente en un bestseller, aunque no con las ventas que se anticipaban por un adelanto de 13 millones de dólares. Pero no todo se mide en dinero. El libro sugiere el mismo camino que han seguido otros exitosos candidatos presidenciales: primero lo publican y luego anuncian la candidatura.

“No sé todavía si me voy a lanzar” me dijo. En cambio, la sentí muy emocionada por convertirse pronto en abuela. Su hija Chelsea dará a luz este otoño. Chelsea “es lo mejor de nosotros dos”, comentó, refiriéndose a ella y al ex presidente Bill Clinton.

Mi entrevista no tuvo nada de exclusiva. Unos 40 periodistas la entrevistaron antes que yo, como parte de una maratónica gira para promover la venta del libro. Sin embargo, rápidamente cruzamos la frontera.

Estábamos en el norte –donde alguna vez estuvieron las torres gemelas- pero Hillary Clinton estaba pensando en el sur; en los niños centroamericanos, en las pandillas de Honduras, en los muertos por el narcotráfico en México y en el fin del embargo a Cuba.

¿Qué haría ella con los casi 60 mil niños centroamericanos que han llegado a Estados Unidos en los últimos 9 meses? “Bueno, algunos de ellos deben ser deportados”, me dijo. Pero ¿no significaría eso una sentencia de muerte para muchos de ellos? “No creo que se puede decir eso con absoluta seguridad.”

La ex Secretaria de Estado (2009-2013) propone dos categorías: una de “niños refugiados”, a quienes se les daría asilo y protección; y dos, de “niños migrantes”, a quienes se les deportaría pero luego de recibir un trato humanitario y generoso. Ella también está a favor de identificar a esos “niños refugiados” en Honduras, El Salvador y Guatemala antes de que viajen a Estados Unidos y corran el riesgo de coyotes, violaciones, secuestros, robos y hasta la muerte.

Clinton, contraria a muchos políticos norteamericanos, se atrevió a decir en un discurso en México que “el tráfico de drogas también es un problema de Estados Unidos.” ¿Por qué hay tanto asesinatos y violencia de los carteles de las drogas en México? “Por el mercado de las drogas en Estados Unidos”, afirmó, “y creo que es importante decir esto.”

Su esposo, Bill Clinton, nunca pudo ir a Cuba como presidente. Cuando intentó un acercamiento con Fidel Castro, le derribaron dos avionetas del grupo Hermanos al Rescate. Pero Hillary cree que ya es tiempo de un cambio.

El embargo contra Cuba “ha sido un fracaso”, me dijo, “y ha beneficiado a los Castro porque ellos culpan de todo al embargo.” El fin del embargo sería solo el primer paso. “Quisiera ver una normalización de las relaciones”, explicó, “y algún día me gustaría ir a Cuba. Algún día, sí.”

Esta mujer que se define como una “feminista”“como alguien que cree en plenos derechos e igualdad entre mujeres y hombres”– es la principal interrogante de la política de Estados Unidos y del resto del mundo.

Una mujer –Hillary- en la Casa Blanca cambiaría muchas cosas. Y luego que nadie se diga sorprendido: el adelanto nos los está dando desde ahora.

Por Jorge Ramos Avalos.

Lo que el procurador no vio – Daniel Coronell

daniel coronell

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Andrés Felipe Arias se benefició personalmente de una ganga millonaria otorgada por receptores de subsidios de Agro Ingreso Seguro. El monto del favorecimiento es de 500 millones de pesos y corresponde a la compra de un apartamento en el norte de Bogotá. El predio costaba comercialmente 1.200 millones de pesos pero los vendedores se lo dejaron en 700 millones.
Esos vendedores, a través de empresas familiares, recibieron al menos 1.100 millones de pesos en diferentes subsidios cuando Arias era ministro de Agricultura.
El apartamento fue vendido a través de una fiducia por una empresa llamada La línea, que pertenece a la familia Llorente. El patriarca de ese grupo es el empresario conservador Diego Llorente Martínez.
El señor Llorente es conocido por sus prósperos negocios de construcción y por sus actividades en el sector agropecuario. Él, su esposa, sus hijos y su yerno, recibieron millones en dinero público regalado durante el ministerio de Arias.
Maxiflores, una de sus empresas recibió un subsidio no reembolsable –vale decir un regalo– por 350 millones de Agro Ingreso Seguro. La misma compañía obtuvo 450 millones más entre compensaciones por la devaluación e incentivos fitosanitarios, para un total de 800 millones.
Otra compañía llamada Bioflora Farm –a nombre de la hija de Llorente, Helena, y su yerno Guillermo Ricaurte Junguito– recibió más de 300 millones de pesos en incentivos fitosanitarios mientras Arias fue ministro.
En su otra línea de negocios, la construcción, los Llorente también son muy reconocidos. Uno de sus proyectos más emblemáticos se llama Cerros de los Alpes, pero la sabiduría popular lo rebautizó como Las torres de Llorente.
En el año 2007, sacaron a la venta varios de esos apartamentos, incluyendo el número 611. La lista de precios de la época señala que en el estado en que se entregaba costaba más de 1.000 millones de pesos.
Muchos apartamentos se vendieron inmediatamente y todos se valorizaron. En el año 2009, en ese mismo piso sexto, el metro cuadrado de construcción se vendía a 4.581.309 pesos.
Lo cual quiere decir que a mediados del año 2009, los vendedores esperaban recibir por un apartamento de 270 metros –como el 611– algo más de 1.236 millones de pesos.
Sin embargo, el lunes 19 de abril de 2010, el exministro Andrés Felipe Arias y su señora esposa compraron el apartamento 611 por 700 millones de pesos. Es decir pagaron un poco menos de 2.600.000 pesos por cada metro cuadrado.
Arias siempre ha dicho que compró la propiedad en condiciones de mercado, pero estos hechos lo contradicen. Varios apartamentos del conjunto fueron vendidos en la misma época por un precio por metro cuadrado, 45 por ciento más alto que el que le concedieron a Arias.
El exministro pagó 308 millones de contado y el resto, casi 392, con un crédito hipotecario de Davivienda. A comienzos de 2012, cuando él estaba detenido en la cómoda Escuela de Caballería, su esposa abonó 150 millones de pesos a ese crédito.
Un oficio de la Contraloría y los hechos revelados en esta columna ocasionaron la apertura de una investigación por presunto enriquecimiento ilícito en la Procuraduría.
Hace un mes el procurador Alejandro Ordóñez archivó el proceso. El anuncio tuvo mucha difusión pero el documento absolutorio no fue publicado en el portal del Ministerio Público.
Finalmente esta semana, la Procuraduría entregó la copia. En las 24 páginas no hay una sola mención del magnífico precio que logró en su apartamento.
En cambio sí una amplia exposición sobre los pequeños bienes del exministro: La moto BMW que vendió hace nueve años por 12 millones de pesos, el carro Hyundai de 25 millones que le pagaron en dos años y el hecho de que el abono de 150 millones al crédito del apartamento salió del fondo de pensiones voluntarias de su esposa.
Pero de la ganga, nada.
Cuando estas denuncias salieron a flote por primera vez, un amigo perspicaz refiriéndose al descuento me preguntó: “¿No puede explicarse por el hecho de que muchos negocios se hacen ‘por encima’ con un valor (un poco más del avalúo catastral) y ‘por debajo’ con el valor real?”
La respuesta es no, por dos razones: La primera es porque esa práctica heterodoxa no es posible cuando la operación incluye un préstamo hipotecario. Y la segunda, porque Andrés Felipe Arias no podría justificar esos 500 millones extra en su patrimonio, ni con la venta de la moto que tanto llamó la atención del procurador.

¿Cómo ayudó Colombia a recuperar el canal de Panamá a los panameños?

etica periodista alfonso lopez

Esta semana se ha hablado mucho del papel que su papá jugó para que los Estados Unidos pudieran devolverle el canal a Panamá. ¿Qué tenía que ver Colombia con eso?

Es una historia compleja. Pero en resumen se trata de que Colombia tenía unos derechos de tránsito por el canal de Panamá que le había otorgado Estados Unidos en 1921. Los Estados Unidos invocaban esas obligaciones con Colombia como el principal escollo para otorgarle la plena soberanía a Panamá, pues decían que tenían que cumplirle a Colombia. El papel de mi papá fue destrabar eso.

Los colombianos de hoy no conocen mucho esa historia. ¿Por qué los Estados Unidos le otorgaban beneficios a Colombia en 1921 sobre algo que había sido nuestro?

El presidente norteamericano Theodore Roosevelt quería arrebatarle Panamá a Colombia para poder hacer un canal en los términos en que le interesaban a los Estados Unidos. Ese zarpazo lo hizo estimulando, en 1903, una revuelta interna en Panamá para que este departamento se independizara y quedara, en la práctica, convertido en un protectorado americano. Eso pasó, y la humillación para Colombia fue tan grande que no reconoció la independencia de Panamá sino hasta 1912, y las relaciones con Estados Unidos quedaron muy deterioradas. En 1921, el gobierno americano, para remediar esta situación, ofreció a Colombia una reparación por medio del tratado Urrutia-Thompson.

¿Y es ahí donde se nos concedieron los famosos 25 millones de indemnización y los privilegios del tránsito libre?

Sí. Eso mejoró las relaciones entre los dos países. Pero, de ahí en adelante, cada vez que los panameños querían recuperar la zona del canal, los gringos invocaban su obligación con Colombia como la razón por la cual no podían otorgarle la plena soberanía sobre el canal a Panamá.

Buena la disculpa. Se necesitaba que aprobáramos la movida sin perder nuestros derechos. ¿Cómo destrabó su papá ese asunto?

Llegando a un pacto de caballeros con Torrijos. Mediante este, Colombia renunciaba unilateralmente a los beneficios que los Estados Unidos le habían otorgado, y Panamá se comprometía, una vez recuperara su soberanía sobre la zona del canal, a restablecerle al país esos mismos privilegios.

Eso me suena bastante lógico. Pero era una jugada arriesgada si acaso Panamá no nos cumplía…

Era la única manera de que los Estados Unidos, que habían recibido de Panamá la zona del canal a perpetuidad, se quedaran sin disculpa para no negociar. Pero claro que la renuncia unilateral de esos derechos era una jugada muy audaz, pues como Panamá en ese momento no era dueña del canal, lo único que podía ofrecer Torrijos era su palabra de que el día en que el canal fuera panameño, él honraría ese compromiso.

Dada la amistad que existía entre su papá y Torrijos, no había por qué pensar en que nos iba a poner conejo…

Eso es fácil decirlo ahora. Pero frente a las realidades políticas del momento en que el gobierno tenía una oposición feroz de Misael Pastrana, el pacto de caballeros fue denunciado como la pérdida por acción del gobierno de unos derechos muy valiosos, y mi papá fue acusado por traición a la patria ante la Comisión de Acusaciones.

Torrijos cumplió y finalmente no pasó nada…

Pasó más en Estados Unidos que en Colombia. Haber entregado el canal de Panamá a ese país fue uno de los factores que contribuyó a que Carter perdiera la reelección. Así como aquí teníamos la oposición de Pastrana, Carter tenía la de los republicanos, y el problema era tan delicado que el tratado Carter-Torrijos fue aprobado por el Senado de los Estados Unidos por una mayoría de un solo voto. Algunos senadores que apoyaron a Carter también perdieron la reelección.

No se me ocurren dos presidentes con personalidades más distintas que la de su papá y Torrijos. ¿Por qué resultaron tan amigos?

Contrario a lo que muchos creen, Torrijos nunca fue presidente de Panamá. Era simplemente el jefe de la Guardia Nacional y el verdadero hombre fuerte mientras había periódicamente elecciones presidenciales. Mi papá, que era antimilitarista por temperamento, miraba con cierta fascinación cómo un hombre de extracción popular y sin formación académica estaba sacando a Panamá del colonialismo a punta de astucia y audacia. Pero ya que habla usted de diferencias, yo creo que precisamente por ellas fue que se entendieron tan bien. Mi papá admiraba la autenticidad de Torrijos y su falta de pretensiones.

¿Una especie de atracción fatal entre la malicia indígena y la cultura universal?

No creo que a mi papá le gustaría esa definición suya. Él podía ser un hombre culto, pero tenía también bastante malicia indígena. En todo caso, sí disfrutaba de la sabiduría popular del general y con los dichos con los cuales la expresaba. Refiriéndose a algunos de sus ministros decía: “Ellos quieren entrar a la historia, y yo lo único que quiero es entrar al canal”. Pero Torrijos también gozaba las diferencias con mi papá. Yo creo que él, quien tenía más conocimiento de cómo funcionaba su pueblo que de cómo funcionaba el mundo, reconocía que mi papá tenía una visión internacional que le servía por lo del canal.

Frente a los Estados Unidos, sobre todo, que son tan difíciles de manejar…

Más bien frente a Latinoamérica. Los Estados Unidos siempre aspiraban a circunscribir el problema a un asunto bilateral entre ellos y Panamá. Mi papá, que tenía buena amistad con otros presidentes del continente, habló con muchos de ellos, y en particular con Carlos Andrés Pérez de Venezuela y Daniel Oduber de Costa Rica para conformar un bloque latinoamericano que ejerciera presión en Washington. Eso se logró, pues, al internacionalizarse el problema; Panamá logró aliados de peso. Sobre eso hay una anécdota que yo no conocía que contaron dos de los invitados al conversatorio sobre López y Panamá que tuvo lugar en Bogotá la semana pasada: el expresidente Nicolás Ardito Barletta y el exvicepresidente Samuel Lewis.

¿En qué consistió?

En que cuando ya estaba bastante adelantado el tratado pero quedaban algunas trabas finales, Colombia convocó a una cumbre, que incluía además de Torrijos, al presidente de México, al de Venezuela, al de Costa Rica y al primer ministro de Jamaica. Con seis jefes de Estado presentes en el Palacio de San Carlos se decidió llamar al embajador de Panamá en Washington y pedirle que convocara a los dos negociadores norteamericanos, Ellsworth Bunker y Sol Linowitz, para que registraran ese apoyo colectivo. Eso se hizo, y los dos gringos se desplazaron a la embajada de Panamá en Estados Unidos. Y para sorpresa de ellos, quedaron en el teléfono frente a buena parte de los presidentes del continente. Este gesto improvisado posiblemente contribuyó a acelerar la firma del tratado.

¿Cuándo se llegó a ese acuerdo y cómo fue?

Es que hay dos acuerdos, el que firmaron Estados Unidos con Panamá (Torrijos-Carter), mediante el cual los Estados Unidos le devuelven a ese país el canal, y el que firmó Panamá con Colombia. En este último, el gobierno de Panamá le restableció a Colombia los derechos que le habían otorgado los Estados Unidos en 1921. Eso sucedió en 1980, cuando el presidente era Turbay; el canciller, Diego Uribe Vargas y el ponente en el congreso, Edmundo López Gómez. Se llamó el Tratado de Montería y se firmó después de que mi papá se había retirado de la presidencia.

La mayoría de colombianos ignoramos esta historia. ¿Usted conoce tanto detalle porque acompañó a su papá durante el proceso?

No. Yo vivía en Estados Unidos, pero lo seguía de cerca. Siempre me ha llamado la atención que la pérdida de Panamá es tal vez el evento más importante de Colombia en el siglo XX, pero es cierto que una altísima proporción de los colombianos ni siquiera sabe que Panamá formaba parte de nuestro país. La historia de Panamá y su independencia son temas apasionantes llenos de datos curiosos. ¿Por ejemplo, sabía usted que Rafael Núñez llegó por primera vez al Congreso de Colombia como representante del departamento de Panamá? Pero tal vez lo más sorprendente es que años después, cuando Roosevelt decidió incitar a la revuelta para poder hacer su canal, los líderes del movimiento independentista no habían nacido en Panamá, en tanto que los parlamentarios elegidos por Panamá, panameños de pura cepa, no estaban de acuerdo con la separación de Colombia.

¿Y quiénes fueron esos protagonistas?

Son nombres hoy desconocidos, pero eran personas muy importantes en 1903. El primer presidente de Panamá, Manuel Amador Guerrero, era cartagenero. El comandante de las tropas acantonadas en Panamá, Esteban Huertas, quien se sumó a la revuelta, era de Boyacá.

En cambio, los prohombres de Panamá en el momento, el senador Juan Bautista Pérez y Soto y el representante Óscar Terán, no estuvieron de acuerdo con la separación de Colombia. Este último, muchos años después, hacia 1930, publicó un libro muy bien documentado titulado Atraco o la mal llamada en Panamá separación de Colombia y en Estados Unidos, independencia de Panamá. Óscar Terán murió en 1936 siendo colombiano.

Otro caso interesante que llama la atención es el de Belisario Porras, quien comandaba las tropas liberales en el istmo durante la Guerra de los Mil Días. Como también se opuso a la separación, la Corte Suprema lo despojó de la nacionalidad panameña, que solo obtuvo en 1907. Aceptada la realidad de la independencia, llegó a ser presidente de Panamá en tres oportunidades.

En ese momento había una pugnacidad muy fuerte entre liberales y conservadores fruto de la Guerra de los Mil Días en Colombia. ¿Ese odio se trasladó también a Panamá?

Directamente no. Pero ese odio estaba tan vigente en el momento de la separación de Colombia que fue utilizado como símbolo cuando se inventaron la bandera panameña. Como evocación de esa pugnacidad, la nueva República decidió que su bandera fuera de tres colores: rojo y azul, como evocación del enfrentamiento entre los partidos tradicionales y blanco como símbolo de la armonía que encontrarían en esa nueva nación panameña.

MARÍA ISABEL RUEDA

Perder la misma guerra dos veces – Jorge Ramos

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La única manera de mantener unidos a sunitas, chiítas y kurdos en Irak ha sido por la fuerza. Así lo hizo el imperio otomano, luego los británicos a principios del siglo XX y posteriormente Saddam Hussein, como dictador, de 1979 hasta la invasión norteamericana en el 2003. Bush, literalmente, no sabía en qué se estaba metiendo.

Bush se inventó la guerra en Irak.

Ante el temor de otro ataque terrorista, como el del 11 de septiembre del 2001, Bush se inventó la guerra en Irak. La excusa era que Saddam tenía armas de destrucción masiva y que podría utilizarlas contra Estados Unidos. Fueron mentiras. El entonces secretario de estado, Colin Powell, quemó toda su credibilidad en un famoso discurso en Naciones Unidas, antes del ataque a Irak en marzo del 2003. Vendió humo y espejitos. El resultado es la tragedia que estamos viviendo ahora.

Entré a Irak por la frontera con Kuwait durante los primeros días de la guerra. Lejos de ser recibidos como liberadores, me tocó ver las caras resentidas de los iraquíes frente a las tropas estadounidenses. El resultado de la guerra que se inventó Bush está claro: más de 126 mil civiles iraquíes murieron (IraqBodyCount.orgy casi 4,500 soldados norteamericanos.

Así Estados Unidos perdió la guerra por primera vez. Todas esas muertes fueron en vano y por una razón equivocada.

El letrero de “Misión Cumplida” que apareció detrás del discurso del entonces presidente Bush en mayo del 2003 en el portaviones USS Abraham Lincoln –y su teátrico e innecesario aterrizaje en un avión de combate- es una de las mayores ridiculeces hechas por un presidente norteamericano en medio de una guerra. La mayor parte de las bajas en la guerra de Irak ocurrieron después de ese discurso.

Barack Obama prometió y, luego, cumplió el retiro de las tropas norteamericanas de Irak en diciembre del 2011. En ese momento dijo dejar un Irak “soberano, estable y autosuficiente”. No fue así. El conflicto interno en Siria desestabilizó aún más la región y ahora insurgentes sunitas, con apoyo de combatientes sirios, han puesto al borde del colapso a la nación iraquí. Irak podría, perfectamente, dividirse en tres territorios independientes. Estas fuertes tendencias sectarias y religiosas –chiítas, sunitas y kurdas- son las que amenazan con desaparecer la ilusoria idea de un solo Irak.

Y ante un Irak que se autodestruye –y que sufre las presiones de Irán y Siria- el presidente Obama ha decidido sabiamente no meterse. Pero esta es la segunda vez que Estados Unidos pierde la misma guerra.

El ex vicepresidente Dick Cheney dijo a PBS que la invasión a Irak en el 2003 fue “la decisión correcta entonces y creo que todavía lo es”. ¿Qué más va a decir si esa fue su idea? Pero no es correcto que miles de norteamericanos y civiles iraquíes hayan muerto por armas de destrucción masiva que nunca existieron. No es correcto inventarse guerras preventivas. No es correcto mandar a otros a morir sin tener la certeza de una inminente amenaza.

Obama no se quiere volver a meter en Irak. Pero Cheney cree que el presidente está cometiendo un error garrafal. Cheney le dijo a un comentarista radial que “va a haber otro ataque” terrorista en Estados Unidos en la próxima década y que el ataque será “más mortífero” que el del 2001. Así, vendiendo el miedo, es como Estados Unidos se metió innecesariamente a la guerra en Irak hace 11 años. Cheney ya no gobierna pero todavía muchos piensan como él.

Estados Unidos nunca tuvo claro cuál era su objetivo al atacar a Irak. ¿Matar a Saddam? ¿Evitar un posible ataque terrorista? Por eso perdió la guerra dos veces: primero con la muerte injustificada de miles de sus soldados y ahora viendo como se desmorona el gobierno que dejó a cargo del país.

Los insurgentes sunitas de ISIS están hoy al frente de ciudades que tomó a Estados Unidos muchos años y muchos muertos controlar. Ejecutaron a Saddam, un sunita, pero otros sunitas están ahora en control de una tercera parte de Irak. Todo ha sido inútil.

No hay guerra buena.

Brasil no está listo para la Copa Mundial de Futbol. Ni lo estará.

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Hay demasiadas cosas pendientes. Pero no se preocupen. La pelota va a rodar a partir del 12 de junio y por 90 minutos a la vez se nos va a olvidar todo lo que está mal.

Mientras escribo está columna todavía hay estadios sin terminar, policías metiéndose en las favelas para evitar violencia -y una mala imagen al mundo- y protestas de quienes creen que los 11 mil millones de dólares gastados en futbol hubieran estado mejor utilizados en escuelas y hospitales. Ya es demasiado tarde hasta para quejarse. La mayoría de los equipos ya están entrenando en Brasil y yo ya compré mis boletos para la final.

Me ha tocado cubrir cuatro mundiales como periodista: Estados Unidos, Corea del Sur/Japón, Alemania y Sudáfrica. Siempre ha habido reportes de que el país sede no está listo y, al final, siempre se realiza el torneo y los problemas se superan (o en el peor de los casos se improvisan soluciones). En Brasil está pasando lo mismo.

Cuando faltaban 157 días para el Mundial, el presidente de la FIFA, Sepp Blatter, fue cortante. “Brasil empezó a trabajar demasiado tarde”, dijo. “Ningún país ha estado tan atrasado en sus preparaciones desde que yo estoy en la FIFA.”

Brasil tuvo siete años para prepararse para el Mundial pero, reforzando ese estereotipo tan latinoamericano, dejó todo para el final. Y se les acabó el tiempo.

“Es una vergüenza”, dijo el ex futbolista Ronaldo en una entrevista con Reuters, criticando los retrasos en la organización del evento. “Estoy avergonzado. Este es mi país y lo quiero mucho. No deberíamos difundir esta imagen en el exterior.”

Pero la presidenta, Dilma Rousseff, no se dejó meter un gol y le replicó al delantero.“No hay razón alguna para avergonzarse de nada”, insistió Rousseff, “ni tenemos por qué tener un complejo de inferioridad.”

Al contrario. Si algo caracteriza a los brasileños, al igual que a los texanos, es que les gusta hacer las cosas en grande. Son el segundo país del mundo, después de México, que se ha atrevido hacer un Mundial y unas Olimpíadas con solo dos años de separación. Genial. Pero la burocracia brasileña es para arrancarse los pelos y no ha estado a la altura de las circunstancias. El Mundial rápidamente los rebasó.

Tengo un ejemplo cerca de casa. El consulado de Brasil en Miami ha sido un verdadero desastre para atender a las miles de personas que quieren ir al Mundial y necesitan una visa. Hace varias semanas fui a solicitar una visa de turista para mi hijo, que me acompaña a Brasil. Llegué poco después de las 9 de la mañana y tuve que esperar más de tres horas para que me atendiera uno de los dos funcionarios disponibles. El consulado no estaba preparado para el Mundial.

La atención fue pésima y malhumorada, el sitio de internet para solicitar la visa es tan confuso que genera más preguntas que respuestas, no aceptan tarjetas de crédito y nadie contesta el teléfono en el consulado para agilizar el proceso. Es tan frustrante que vi salir de ahí a dos adultos llorando.

Por supuesto, con un sistema tan malo, ineficaz y limitado, muchas personas tienen que regresar varias veces con documentos, pagos y absurdas solicitudes de dos fatigados burócratas que, con su pedacito de poder, le hacen la competencia a El Castillo de Franz Kafka. Fatal. El consulado de Brasil en Miami ha dado una muy injusta imagen de su país. Ojalá no sea un augurio. En lugar de darnos la bienvenida, su mensaje parecía ser: no queremos que vayan a Brasil.

Todo esto, espero, lo vamos a olvidar tan pronto veamos los primeros partidos de futbol. He estado en varias ocasiones en Brasil y es una nación extraordinaria. Nunca me he ido de ahí desilusionado. Pero esta es la prueba de fuego.

¿Cómo medirán los brasileños el éxito de su Mundial? Estoy casi seguro que no será en reales sino en goles. Si la selección del juego bonito gana el campeonato mundial por sexta ocasión, todo habrá valido la pena para ellos. Hasta los manifestantes, estoy seguro, dejarían sus protestas el día de la final.

No, Brasil no está listo para el Mundial pero, la verdad, no importa. Se nos olvida que lo único verdaderamente importante en un Mundial es el futbol. Nada más.

Por Jorge Ramos Avalos.
(junio 2, 2014)

¿Para qué necesita España un rey en pleno siglo XXI? Para nada.

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La democracia española está perfectamente consolidada, tras la muerte del dictador Francisco Franco en 1975, y no requiere de un nuevo rey para garantizar su futuro. Los españoles pueden vivir sin rey.

La abdicación del rey Juan Carlos I de Borbón tomó a muchos por sorpresa. Pero había una creciente presión para un cambio. En un país con unos seis millones de parados –donde tener menos de 25 años es casi una condena de desempleo- no es fácil justificar los gastos de un rey que se va a cazar elefantes o los abusos y complicidades de su yerno, Iñaki Urdangarín, para enriquecerse.

Nadie cuestiona el papel fundamental del rey Juan Carlos en la transición hacia la democracia. Pero ya no. Su rol no es esencial.

Hoy la mayoría de los españoles quiere un cambio. Un 62 por ciento, según una encuesta del diario El País, desearía “en algún momento” un plebiscito para redefinir su forma de gobierno y escoger entre monarquía o república. Pero, para variar, los políticos tradicionales no están escuchando.

El presidente del gobierno español, Mariano Rajoy, cortó cualquier posibilidad de cambio en el actual sistema de gobierno. “El debate tiene un objetivo único”, dijo,“la abdicación, de eso se trata.” Y como su partido, el Popular, y el Partido Socialista Obrero Español (PSOE) controlan más del 80 por ciento de los puestos en el parlamento, el asunto de una verdadera y final transición hacia la democracia quedó archivado. Pero les volverá a brincar.

Tener reyes no es moderno, moral, deseable o aleccionador. Es un terrible prejuicio histórico. Nadie debería tener un puesto solo por ser hijo del rey. Esa no puede ser una regla universal. En una sociedad en que premiamos el talento, el esfuerzo, la creatividad y el valor, lo menos cool es ser príncipe o rey por tu día de nacimiento en una familia privilegiada.

La monarquía parlamentaria es la forma política del estado español. El rey reina, dicen, pero no gobierna. Es su peculiar manera de separar los poderes. Pero tiene una contradicción intrínseca; ¿manda la mayoría o manda uno? Monarquía parlamentaria es un término tan confuso y ambiguo como el “estado libre asociado”en Puerto Rico o el “Partido Revolucionario Institucional” en México.

Apoyar la monarquía va en contra del principio de igualdad que promueve la mayoría de las constituciones del mundo. “Todos los hombres fueron creados iguales”, dice la Declaración de Independencia de Estados Unidos en 1776. Los franceses establecieron lo mismo en su Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano en 1789: “Los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos.” Y Naciones Unidas refrenda en 1948, casi con las mismas palabras, el concepto de que nadie nace superior a los otros.

Apoyar a un rey es ir en contra del avance de todos y refrenda los valores más retrógrados e injustos de una sociedad. España pudo en este 2014 definir su futuro buscando mayor igualdad. Pero, por ahora, prefirió ser un país de desiguales.

Este asunto, ciertamente, no es personal. Conocí al principe Felipe en 1998 en Honduras, tras el paso del destructivo huracán Mitch. Y se metió a las zonas más peligrosas y afectadas, compartiendo y ayudando a los más pobres de los pobres. Me impresionó su actitud; fue sencillo y directo, afectivo y efectivo.

Lo volví a ver hace unos meses, durante su visita a las instalaciones de las cadenas Univision y Fusion en Miami. Dudo que haya alguien mejor preparado que él –con inigualables cualidades militares, lingüísticas y diplomáticas- para ser rey. (Y hasta tiene sentido del humor; se tomó una selfie, sonriente, con una de nuestras periodistas.)

Pero en esta época nadie debe ser subdito de nadie. Insistir en reyes y reinas es el mensaje equivocado. En el siglo XIX hubo más de 250 monarquías en el mundo. El diario The Washington Post calculó que ahora solo quedan 26.

Sospecho que Felipe y su esposa Letizia, por su juventud, formación e inteligencia, también apoyarían un plebiscito si no formaran parte de la familia real. Pero lo democrático, lo verdaderamente moderno, es que si Felipe o cualquier otro español quiere ser jefe de estado, que se lance como candidato y se ponga a votación. No se vale apelar a tu acta de nacimiento.

La monarquía ya tuvo su lugar en la historia de España. Esta es la era de las repúblicas, de la democracia, de la igualdad y de los ciudadanos.

No más reyes.

Por Jorge Ramos Avalos.
(junio 16, 2014)

Los rusos quieren más – Ética Periodista

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Milán. Los rusos están por todos lados.

Dos delante y una familia de cuatro detrás de mí, en la fila para mostrar el pasaporte en el aeropuerto de Venecia. El único funcionario italiano que nos atiende habla ruso. Leer más de esta entrada

¿Qué tan importante sería un cese del fuego definitivo de las Farc?

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El viceprimer ministro de Irlanda del Norte habla de su visión sobre el proceso de paz en Colombia.

El viceprimer ministro de Irlanda del Norte, Martin McGuinness, cofirmante de la paz con el Ira y miembro de su brazo político, Sinn Féin, habla con María Isabel Rueda de su visión sobre el proceso de paz en Colombia. Leer más de esta entrada

La rebelion del pajarito

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Nicolás Maduro, el líder autoritario de Venezuela, está rodeado de pajaritos.

Un “pajarito chiquitico” le silbó una vez y él creyó que era el espíritu del fallecido Hugo Chávez. Aquí está el video en que habla de esa milagrosa aparición.

Pero, además, Maduro está rodeado de otros pajaritos, azules –los de Twitter- que le están haciendo la vida imposible. Leer más de esta entrada